miércoles, 7 de septiembre de 2011

Objetos que ocupan mi habitación (a propósito de “Objetos que ocupan mi escritorio de trabajo” de George Perec)

Es un espacio difícil de describir, muchas cosas, mucha basura, mucho mugre, muchos recuerdos, quizá sean tantos que puedo no acordarme de muchos. Desde la puerta se refleja un interés por la música y por los dibujos animados, unas fotografías a blanco y negro de RBD, cierto grupo musical que se convirtió en un fenómeno mundial y que se convirtió en el fenómeno de mi corazón. Fotografías que vienen desde el colegio, fotografías que imprimí en aquella clase de informática de noveno grado, gastando infinidades de papel de las que todo el mundo reclamaba “que eran un desperdicio”. En la clase, todo el mundo con un afán incontrolable de entregar el trabajo final me preguntaba, “¿ya acabaste?” y yo con una amable sonrisa y mi cara de niña tierna respondía “no, pero ya casi termino”; a lo lejos yo las veía a todas como se susurraban al oído “que adicción, para que gasta papel en esa porquería”, porquería que representa una sonrisa para el día.

Al fondo se ve la cama, con un cobertor rosa de mariposas y llena de muñecos encima, muñecos que representan el crecimiento de mi vida, cada uno con un significado, con una historia y sobre todo, un amor incontrolable sobre los muñecos de felpa, que desde pequeña se han ido acumulando y no por querer guardar basura (o a lo mejor sí), por querer vivir sumida dentro de los recuerdos y fantasear por los mundos llenos de alegría y felicidad que surgen en mi mente.

Muñecos de mis padres cuando eran novios y un pequeño conejo de un material que actualmente no distingo, es blanco y por dentro sus orejas son rosadas, fue mi primer regalo de navidad, allí, pueden estar todos los gérmenes de gripas y dolores de estómago que sufría desde pequeña, mi madre siempre ha querido botarlo, pero siempre la convenzo de no hacerlo y le digo “sobre mi cadáver te deshaces de ese muñeco”, así es como he logrado mantenerlo y quizá es una de las razones por las que sufro constantemente de gripa y rinitis.

En el pedazo de techo que está encima de la cama, hay un afiche pegado, una locura. Un afiche que representa ese “amor platónico” que tiene toda mujer, esa ilusión que quizá algún día pueda convertirse en realidad. Un afiche de un hombre que representa el tipo de hombre que me atrae, de pelo negro, trigueño y de ojos verdes penetrantes. Cada vez que lo veo, me remonto al momento en que ese afiche llegó allí. Mis amigas del colegio llegan a casa y empiezan a mirar mis revistas, señalado un afiche les digo (en tono de broma) que me encantaría tenerlo en el techo para mirarlo cada noche cuando me acueste, ellas, sin ton ni son, cogieron cinta y tijeras y mientras fui al baño y volví a mi cuarto, allí estaba, ya pegado, mis amigas con caras de niñas pícaras me dijeron “te creímos y lo tomamos en serio” yo solo me reía y para mis adentros pensaba “mi papá va a matarme”.

Encima de la cabecera de la cama, en una pared, tengo un corcho lleno de cartas de mis amigas (bastante viejas), fotografías con mi familia y con mis amigos y más afiches de RBD. Debajo de uno de los afiches del grupo, está un pequeño papel rosado, que pareciera que no tuviera nada escrito, está viejo y arrugado y para ser exacta con la fecha, es del 23 de octubre de 2005, el día en que más me mojé con la lluvia y el día que más grité y más disfruté en toda mi vida.

Eran las 2 de la tarde y me dirigía hacia el estadio El Campin con mi padre, por los alrededores del lugar se veía mucha gente y  se veían muchas niñas que caminaban con sus amigas y sus padres, vestidas con falda negra, corbata roja y botas largas, sin lugar a dudas íbamos para el mismo sitio. Nunca en mi vida había visto tanta gente reunida en un mismo lugar, dentro del estadio hacía muchísimo calor, pero el cielo estaba totalmente cubierto por un espesor enorme de nubes grises que anunciaban un fuerte aguacero. Mi padre solo refunfuñaba, que hacía mucho frío y que había mucha gente, mis amigas y yo reíamos y gritábamos sin parar. De repente y después de mucha espera, sueltan una cortina negra desde el aire para tapar el escenario, a lo lejos se veían las figuras de seis personas, tres hombres y tres mujeres, en ese momento, solté un grito como el de los locutores de fútbol al decir un gol, solo que éste tenía más entonación. Cayó la cortina y se escuchó “soy Rebelde, cuando no sigo a los demás…” y desde ahí grité y canté sin parar, faltando unas 4 canciones para que el concierto acabara comienza a llover, mi padre solo decía “vámonos niñas, vámonos” pero nadie le hizo caso, nos quedamos hasta el final, nunca había visto un aguacero como ese, creo que es suficiente con decir que me mojé hasta los calzones, pero todo valió la pena y lo que me queda por decir es que ese, hasta ahora, ha sido el mejor día de mi vida.

Lo más lindo de todo esto, es que al igual que yo, el grupo siempre recordó ese concierto durante toda su carrera, no solo porque fue el primer país que visitaron internacionalmente, sino por la cantidad de gente que había (60.000 personas) y que ninguna de ellas se movió de su lugar hasta que finalizó el concierto. Valga decir que fue uno de los conciertos que contó con más gente dentro de su carrera, pero es que lastimosamente el estadio “El Campin” no tiene la capacidad del Maracaná de Brasil, ni del Madison Square Garden, ni del Coliseo de Los Ángeles o el American Airlines Arena de Estados Unidos.

Junto a mi cama está la mesa de noche, que por cierto es muy pequeña y está abarrotada de cosas, siempre trato de mantenerla lo más organizada posible, pero siempre alguna que otra cosa termina en el suelo. Allí tengo regalos que he recibido de personas que quiero y quizá, el más raro, es una pequeña bolsita de azúcar que dice “te quiero mucho” y con “mucho” repartido por toda la bolsa. Un domingo caluroso, en el que sueles ir con tu familia al norte para almorzar, yo estaba trabajando en la Media Torta, era quizá Octubre o Noviembre del año pasado, estaba a vísperas de inaugurarse el festival “Danza en la Ciudad” y se estaban realizando audiciones para seleccionar a los grupos participantes, en esta oportunidad se trataba de danzas típicas del país, se veía desde joropo hasta mapalé, y todos con unos trajes bellísimos llenos de colores y alegría.

Al finalizar la tarde, luego de una jornada exhaustiva, me senté con mi hermana mayor (quien fue la que me llevó a mi trabajo) a tomar un pequeño refrigerio que nos habían dado. Ella y yo somos de esas personas que siempre nos abrazamos, que compartimos todo y hablamos de todo y nunca nos decimos “te quiero mucho” pero los hechos lo demuestran. Ese día, con mucha cautela mi hermana tomó unas bolsitas de azúcar para su tinto, siempre acostumbra a leer lo que dice en todas partes y sentadas una a un extremos de la mesa y otra al otro. De repente veo a lo lejos algo que se desliza sobre la mesa y llega a mis manos y ella al fondo me dice: “te mando un mensaje”, cuando lo vi, me causó mucha gracias y mucha ternura, me paré y la abracé y le dije: “yo también te quiero mucho mucho mucho, hermanita”. Y después volvimos a ser las de siempre, pero la magia de las palabras y de una bolsa de azúcar, convirtió esos 5 minutos en un excelente y memorable momento de mi vida.

La mesa de noche, tan pequeña y rústica, llegó de la casa de mi abuelita paterna. Cuando murió, lo único que querían hacer mi padre y mi tía era vender el apartamento y salir rápido de todas las cosas, recuerdo que siempre dije que quería esa mesita y mi abuela siempre me decía que cuando ella se muriera yo podía coger todo lo que me gustara de su casa, eso nunca pasó y a decir verdad yo le decía siempre que prefería tenerla a ella que todas las cosas materiales que me pudiera dar. Finalmente, logré quedarme con eso y con un tarrito de muchos colores que se me rompió el mismo día que lo llevé a casa, lo que nunca pensé fue que la mesa fuera tan pequeña que no me fueran a caber todas mis “chucherías”, como dice mi madre.
Luego, al lado de la mesa de noche, sobre el suelo está mi grabadora, uno de los regalos más anhelados de la navidad del 2004. Regalo que le pedí a mis padres con mucha anticipación y que como buenos colombianos, la buscaron desesperadamente la semana antes de repartir los regalos (esto lo supe después de tenerla en mis manos). Esa mañana, al levantarme era lo único que esperaba encontrar y hasta el sol de hoy, es mi equipo de sonido, es donde oigo mi música, mis cds y diferentes emisoras de radio. La verdad es que los parlantes que tengo para poner la música de mi Ipod, no son tan atractivos como lo es mi grabadora para mí.

Sobresaliente está la biblioteca, regalo que me hicieron mis padres cuando tuve por primera vez, mi propio cuarto. Es enorme y es diseñada totalmente por mi padre, está llena de cubículos con libros, anuarios, enciclopedias y más chucherías. También está mi computador y papeles que guardo de dibujos que hice en el colegio y que me regalan mis primos y mi hermana. Dentro del mueble están los anuarios del colegio, un excelente recuerdo, cada vez que los veo, revivo la historia de aquellas épocas y también me doy cuenta de que ese dicho de abuelitas “el tiempo pasa volando”, es muy cierto. Porque me veo cuando entré y de repente aparece me veo mí página de once, despidiéndome del colegio, de mis amigas y agradeciendo a todo al que tuvo que ver conmigo durante esa etapa. En aquel momento nunca me imaginé que algún día iba a estar en quinto semestre en la universidad, a tan solo unos años de ya graduarme de acá también.

En ese mueble también están unas barbies, sorpresivamente, también de RBD. Muñecas que me regalé yo en navidad, con los ahorros de todo un año. Están siempre limpias, ordenadas y peinadas, creo que el tener algo propio que compras con tu esfuerzo, lo valoras mucho más y lo cuidas mucho más, además, llego a creer que esas muñecas, algún día puedan ser de colección o quizá sean un elemento que me permita contar muchas historias en un futuro, de pronto a mis hijos o a mis compañeros de trabajo, no sé, pero sé que pueden ser muy importantes para el futuro.

Después de ver ese inmenso mueble, también hay otro, pero más pequeño. Ese mueble tiene tres cajones con muchos juegos de mesa tradicionales en mi familia cuando mis hermanas y yo éramos pequeñas, pero que ahora quedan en el olvido y solo son un buen recuerdo. Pero el tercer y último cajón tiene la mayor colección de recuerdos de RBD, de las buenas épocas, donde mi vida giraba en torno a ellos. Revistas, cds, dibujos, álbumes de laminitas… y podría seguir describiendo todo lo que está ahí, un sinfín de cosas que me remontan a esa etapa de mi vida en donde puedo decir que realmente fui muy feliz. Todo lo que hay allí es presa difícil para mi madre, la mano que limpia, que todos los días quiere deshacerse de todo lo que ya no tiene utilidad en la casa. Pero hasta allí no la he dejado llegar porque el punto de estas cosas no es que no tengan utilidad, sino que representan para mi, muchas emociones y sentimientos.

Creo que ese espacio describe totalmente quien soy, una mujer apasionada por pequeñas cosas, una mujer que se remonta en el pasado para lograr su felicidad, una mujer que solo quiere ser feliz y tener muchas alegrías en su vida. Una mujer que le gustan los colores y las alegrías, una persona que desea que el tiempo nunca hubiese pasado tan rápido y que piensa que la esencia de ser niño es algo que un ser humano siempre debe llevar consigo, porque la inocencia y la sencillez de la vida es algo que nunca debería perderse y es algo con lo que deberíamos crecer siempre, pero por querer ser grande y mostrarnos ante la gente, olvidamos esos valores y dejamos que el mundo se encargue de forjar nuestra personalidad en vez de hacerlo nosotros mismos.

2 comentarios:

  1. Ojo con expresiones que limitan la descripción como decir “cierto grupo”. El primer párrafo trata de hacerlo más para el entendimiento del lector, como lo tienes es de fácil interpretación para quien ya conoce los sucedido. Cuando hablas de una locura no queda claro si es un modismo o una metáfora. Bien, no des por entendidas las cosas, porque el lector no ve tu cuarto y en ocasiones no sabe de qué hablas. Yo puedo suponer que el papel del 25 de octubre del que hablas es una boleta, pero hazle más fáciles las cosas a quien te lee.

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  2. Buen trabajo, hablas de los objetos, los conectas con tu vida, con tu historia, construyes de una manera natural, el texto tiene además un buen ritmo.

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